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Gaudi
LAS TRES TENTACIONES DE CRISTO
SAKA-Informationen, año 10, cuaderno 3 (marzo 1985), pp. 8-11. Jerrentrup [2190]


“Luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto para que el diablo le pusiera a prueba. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer, y después sintió hambre. Se acercó el diablo a Jesús para ponerle a prueba, y le dijo:
- Si de verdad eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan.
Pero Jesús le contestó:
- La Escritura dice: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de los labios de Dios.”
Luego el diablo lo llevó a la santa ciudad de Jerusalén, lo subió al alero del templo y le dijo:
- Si de verdad eres el Hijo de Dios, échate abajo, porque la Escritura dice: “Dios mandará a sus ángeles a que te cuiden. Te levantarán con sus manos para que no tropieces con ninguna piedra.”
Jesús le contestó:
- También dice la Escritura: “No pongas a prueba al Señor tu Dios.”
Finalmente el diablo le llevó a un monte muy alto, y mostrándole todos los países del mundo y su grandeza, le dijo:
- Yo te daré todo esto, si te arrodillas y me adoras.
Jesús le contestó:
- Vete, Satanás, porque la Escritura dice: “Adora al Señor tu Dios y sírvele sólo a él.”
Entonces el diablo se apartó, y unos ángeles acudieron a servirle.”

El relato de las tentaciones de Cristo en el desierto es uno de los pasajes del Nuevo Testamento que iluminan súbitamente el sentido más profundo del acto redentor de Jesús. Pero por lo general no se entiende bien su significado. En los últimos tiempos, el motivo de ello ha sido sobre todo la interpretación de Soloviev.

La situación de partida es que, en el momento de su bautizo en el Jordán por Juan, Jesús ve cómo el cielo se abre y de ahí desciende el Espíritu Santo posándose sobre él, mientras escucha las palabras: “Éste es mi hijo amado, en quien tengo mi complacencia”. El Espíritu Santo se queda con él y lo lleva al desierto.

Así pues, Jesús va al desierto en el Espíritu y movido por el Espíritu. ¿Por qué? Como hombre, está sobrecogido y totalmente cautivado por esta elección, la cual es en este momento el objeto de todas sus reflexiones. En la soledad del desierto encuentra el lugar donde la puede asumir del todo. Como también experimentamos nosotros en el caso de vivencias que afectan esencialmente a toda nuestra naturaleza espiritual y al sentido de su existencia, todo lo demás se hunde en la irrelevancia. No tiene necesidad de tomar alimentos, es más, posiblemente incluso le repugnan.

Todavía en aquella época, como en todo el Antiguo Testamento, la designación de “Hijo de Dios” se tomaba en un sentido indeterminado. Podía significar, del modo más general, que nosotros los hombres, en condición de criaturas, somos “hijos de Dios”, o que merced a su elección los israelitas son hijos de quienes los eligió. Pero, en cualquier caso, con toda seguridad aquí no hay que entender así esta designación. Pero tampoco entra aquí en juego el significado superior con el que, en las anunciaciones precedentes, se designa especialmente al Mesías como “hijo de Dios”. Cuando el ángel anuncia a María la concepción y el nacimiento, dice primero: que el hijo que ella concebirá y engendrará será llamado hijo del Altísimo, es decir, hijo de Dios. Eso tuvo que recordarle a María el anuncio del príncipe de la paz en Isaías: “Se nos ha regalado un hijo […]. Su Reino será grande y la paz no tendrá entonces fin.” Pero aquí, igual que en el segundo Salmo, cuando Dios dice: “Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Pídeme que te dé las naciones como herencia y hasta el último rincón del mundo en propiedad, y yo te los daré”, tanto aquí como allí, la expresión “Hijo de Dios” podría referirse sólo a la dignidad mesiánica, no a la auténtica divinidad del salvador. En la anunciación, María pregunta al ángel cómo ha de suceder, puesto que no conoce a ningún hombre. Con ello se está refiriendo a su voto –el primero en la historia de la humanidad del que escuchamos que ha hecho una mujer y que Dios ha concedido en honor a Su santidad– de que tenía y quería permanecer pura. Y como respuesta a esta entrega plena, el ángel le dice que el Espíritu Santo vendrá sobre ella y entrará en ella –de modo análogo a como, en el bautismo, el Espíritu Santo desciende sobre Jesús y se queda con él–, que la cubrirá y ella concebirá. Y entonces desvela por vez primera el misterio que se encierra en el nombre “Hijo de Dios”: “Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios”. Es la filiación en el sentido de la divinidad. En este sentido entiende también Jesús, tras la inmersión en las aguas del Jordán, las palabras que escucha del cielo.

Colmado de esta certeza va Jesús al desierto, y con esta certeza le ataca el tentador. Podemos preguntar por anticipado en qué pudo consistir este ataque. La ética antigua conocía tres vicios fundamentales: la lascivia de la carne, la avaricia y el orgullo. Es claro de entrada que Jesús no podía ser llevado a estos vicios en su forma habitual. El peor pecado es el orgullo: por él cayó Lucifer. El tentador tenía que apuntar a este orgullo, pero al orgullo en una potencia espiritual. ¿Pero cómo podría proceder con Jesús para conseguir esto?

En este punto, uno se encuentra por lo general con nociones falsas. Así por ejemplo, en la Edad Media se representaba al tentador como Satanás con todos sus atributos peculiares, cuando por ejemplo exhorta a Jesús en el muro exterior del templo a que se arroje. Pero esto es directamente falso. El tentador no se presenta abiertamente como Satanás, sino como diabolos (de donde viene “diablo”), es decir, el confundidor, el que mezcla todas las cosas, el que incita a confundirlas. El diablo comienza con una propuesta que parece ser totalmente legítima y no encerrar nada capcioso.

Después de que en el monte Horeb Dios le hubo comunicado los diez mandamientos, Moisés se quedó ayunando en soledad cuarenta días y cuarenta noches, y puso por escrito la Palabra de Dios. Después de haber recibido alimentos del cielo en el desierto de Beerseba, con las fuerzas de la comida que se le había dado Elías recorrió durante cuarenta días el desierto de Horeb, donde luego se le apareció Dios. Jesús, el limpio de pecado, el “cordero”, como lo llamó Juan, no tenía necesidad de santificarse primero de este modo. En sus cuarenta días y noches, reflexionó (como hombre) sobre toda la profundidad de su filiación. Eso lo sabía el tentador, y le ataca en este pensamiento. Sus tentaciones comienzan con las palabras: “Si de verdad eres el Hijo de Dios…”

Jesús no sólo era Dios, sino también verdadero hombre. Sentía las debilidades del hombre. Después de estos cuarenta días de sublimación espiritual, tuvo hambre. “Si eres el Hijo de Dios”, le insinúa el diablo, “ordena a esta piedra que se convierta en pan.” ¿Qué parece más obvio y legítimo que eso? Todo príncipe tiene su anualidad: tanto más derecho a ella tiene el Hijo de Dios. Justamente en eso consiste la tentación, el refinado intercambio de conceptos que hace que aquí parezca que se trata del cumplimiento de un derecho obvio. Pero en la respuesta de Jesús se ve en qué medida caviló y pensó a fondo su filiación divina. Aduciendo en su respuesta unas palabras de las Sagradas Escrituras, Jesús se refiere a los israelitas durante su marcha por el desierto. Cuando hubieron de pasar hambre, murmuraron contra Dios y sospecharon de él que sólo les había seducido a abandonar los cuencos de carne de Egipto para ir a morir de hambre en el desierto. Dios les había concedido después el maná, y en boca de Moisés les había dicho que les había alimentado para que se dieran cuenta de que el hombre no vive meramente (podría decirse: en primer término) de pan, sino de la Palabra de Dios. Jesús no anticipa a Dios ni a Su santa voluntad. Convencido de que lo que le alimenta sobre todo y en primer lugar es la Palabra y el obrar de Dios, aguarda a que el Padre le dé alimento y bebida en el momento dado.

¿Pero acaso habría sido ilegítimo e incluso presuntuoso si él mismo, Él, que al fin y al cabo es Dios, Hijo divino del Padre celestial, se hubiera proporcionado el pan que necesitaba como hombre? Justamente en eso consiste aquí la tentación: en que aquí había de tomarse lo uno por lo otro. El diablo había dicho como razonamiento: “Si de verdad eres el Hijo de Dios…”, es decir, lo pone todo en función del derecho del hijo. Pero la filiación consiste esencialmente en que el hijo cumpla por completo la voluntad del padre, y no en que haga valer un derecho. “Buscad primero el Reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura.” Cortando todo desvío de lo esencial a lo accesorio, que al fin y al cabo se convierte tan fácilmente para el hombre en camino hacia la perdición, rechaza aquella propuesta. Él quiere lo esencial, y sólo eso. Lo otro se hallará en su momento, por muy imposible que parezca ser y por muy alejado que parezca estar.

Las tentaciones del diablo se han visto sobre todo como tentaciones para los medios equívocos –justamente para aquellos medios que aparentemente se buscan sólo como medios, pero en verdad como fin en sí mismos– con lo que Jesús quiere llevar a los hombres a la conversión. Eso no es falso, pero es sólo el aspecto segundo y derivado del asunto. En primer lugar se trata de que Jesús mismo padece de hambre tras cuarenta días de ayuno, y anhela el aplacamiento de este hambre. Sin embargo, con el pueblo sucederá lo mismo, y para el pueblo se planteará la misma tentación de llamar al Reino de Dios mientras que en verdad sólo se tiende a la satisfacción de sus apetitos. En el lago de Genesaret, cuando después de la milagrosa multiplicación del pan la multitud quiere hacerle por la fuerza Rey Mesías, Jesús vuelve a hablar de la necesidad de pan. Quien cree en Dios, es decir, quien hace la voluntad de Dios, quien la cumple tan por completo como él, ése recibe o es y tiene la vida eterna. Él mismo es este pan viviente que, a diferencia del pan del desierto, el maná, da la vida imperecedera. Quien come de él, vivirá. Sus palabras son y aseguran la vida. “No he venido del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me ha enviado.” La tentación del pan, en la que lo que importa en último término es el pan, es la tentación del materialismo, de una vida sólo en honor de fines terrenos.

El tentador sigue camuflado. Es más, adoctrinado por la respuesta de Jesús, se camufla mucho mejor. Lo lleva a la Ciudad Santa, al muro del templo, en la esquina del sureste, donde a los pies del alto muro la montaña desciende verticalmente al valle del Cedrón. Incluso cuando hace buen tiempo, apenas es posible jamás estar de pie en este sitio sin recibir una fuerte corriente de viento y sin tener miedo de que ya sólo el viento lo tire a uno. El viento que empuja desviándonos ha sido siempre la imagen de la seducción al pecado que nos arrastra al camino incorrecto.

Pero el diablo sabe que con Jesús se encuentra ante una voluntad inmensurablemente fuerte. Tiene que volver a poner en juego la tentación en su forma suprema –espiritual–. Jerusalén es la Ciudad Santa, a la que día a día acuden en masa los peregrinos para adorar a Dios en Su templo sagrado. El templo es, como había dicho Jesús a sus padres, la casa de su padre, a la que él pertenece. Hasta abajo del muro donde el diablo lo había conducido, conducía el Patio de columnas de Salomón, donde los rabíes judíos solían enseñar. La idea era que aquí Jesús podía revelar a su pueblo con un único acto su soberano poder milagroso.

Obsérvese en este pasaje que el diablo se menciona expresamente como quien lo había conducido aquí (mientras que antes se dijo que el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto). Recordemos que el diablo sigue siendo siempre aquí sólo el diabolos, el confundidor, que ahora sólo oculta más cuidadosamente que antes que él es Satán. De alguna manera está disfrazado como un ángel de luz. Jesús había respondido a la primera tentación con unas palabras de las Escrituras. Pues bien, ahora el confundidor se sirve él mismo de las Escrituras. Tú estás bajo la protección del Altísimo, es más, como Su Hijo amado estás bajo su protección especial, así que, después de todo, puedes contar con el derecho supremo a Su milagroso poder salvador. Dios ha dicho: yo te protegeré, porque tú has reconocido mi nombre; los ángeles te sostendrán con sus manos.
Y de nuevo entra en juego el desplazamiento casi inadvertido de los conceptos. ¿Qué parece más obvio sino que él, que es Hijo de Dios, se sirva del poder milagroso divino? El pensamiento tentador aparece aquí directamente como un pensamiento legítimamente teológico, como un qui pro quo (tomando lo uno por lo otro) en su forma más sublime. ¿No está hablando aquí el Espíritu Santo mismo en boca de su profeta David?

Obsérvese lo que está en juego. La exhibición de su omnipotencia divina debía hacerse más esencial para Jesús que Su voluntad divina pura. Dirigiéndose al pueblo, Jesús debía convencer con milagros, no con la bondad de su palabra. Esta tentación se repite cuando lo sumos sacerdotes están ante la cruz y le exhortan a salvarse a sí mismo y a bajar de la cruz por un milagro. Pero también aquí rechaza Jesús la mera posibilidad de un qui pro quo tal. Padecerá su muerte hasta el más extremo abandono de Dios, y de nuevo sólo Dios Padre dará lo demás por añadidura: a saber, su gloriosa resurrección.

A lo largo de toda la historia universal recorrerá la humanidad y la Iglesia esta tentación de exigir del Reino de los Cielos que sea un Reino palmario del poder milagroso de Dios. Sí, entonces se creería, si el Señor se mostrara como Señor mediante su poder sobrenatural. Pero, como dice una frase rusa, “Dios no está en la fuerza, sino en la verdad”. “Dichosos los que creen sin haber visto”: ellos confían realmente en Dios únicamente por Su verdad, y tanto más cuanto más difícil, e incluso casi imposible, sea creer en la verdad y vivir desde ella a la vista del poder de Satán en este mundo.

Por segunda vez responde Jesús con unas palabras de la ley: “No pongas a prueba al Señor tu Dios.” “Haz lo que es agradable y bueno ante el rostro de Dios para que te vaya bien”, dice el espíritu de Dios en boca de Moisés exactamente en el mismo pasaje. En sus Evangelios, Jesús quiere que los hombres crean en él no en último instancia por los milagros, sino en el conocimiento de que Él es el que es, el todo Santo, que es bueno únicamente por sí mismo.

Hasta aquí, el pensamiento que aparentemente no era capcioso estaba como sugerido por Jesús, y la última vez incluso aparentemente como un pensamiento de las Sagradas Escrituras. Y las palabras de las Escrituras habían servido a Jesús para rechazarlo cada vez. Las posibilidades de intercambiar lo santo con el pecado para confundirlos están ahora agotadas. El diablo se quitará la máscara del pensamiento legítimo y se mostrará abiertamente como Satán.

De nuevo el tentador tienta a Jesús, esta vez sobre un monte alto, y muestra a Jesús “todos los reinos del mundo y su gloria”, “en un único momento”, como añade Lucas. “Todo esto te daré si postrándote ante mí me adoras.” Según la tradición, esta montaña muy alta es “el monte de la tentación” detrás de Jericó. Igual que desde Nebo, desde ahí pueden abarcarse de un vistazo algunos ámbitos de dominio, como Judea, Perea, Arabia, etc. pero sería falso pensar aquí en estos territorios. “Todos los reinos del mundo” son aquí todos los reinos en el ámbito humano, angélico y celestial (e incluso, naturalmente, en el ámbito satánico, aunque esto tiende a solaparse), donde sólo hay grandeza y gloria. Pero Jesús sabía: “Tu Reino, oh Dios, es un Reino eterno.” “Cuídate bien de no olvidar a Dios”, habían ordenado las Escrituras; “Él te sacó de la casa de la esclavitud.” Y prosigue con las palabras con las que Jesús responde a Satán: “Debes temer al Señor tu Dios, adorarle sólo a Él y servirle sólo a Él.”

Satán ofrece a Jesús “todos los reinos del mundo”, in plurali, y no el Reino universal único. Los judíos conocían muy bien un reino tal. El primer libro de los Macabeos relata cómo Alejandro Magno extendió su Imperio hasta los límites de la tierra, “y la tierra enmudeció ante su presencia”. Así pues, ciertamente, la tercera tentación no se refiere a los pequeños ámbitos de gobierno en Palestina. Pero tampoco sólo los imperios mundiales, sino más bien todos los reinos del cosmos, el reino por ejemplo de la belleza, del poder mundial, de la ciencia, o de lo que sea. Pero ninguno de ellos por sí mismo basta ya para seducir a Jesús: eso lo sabe Satán, que tiene que reunirlos y ofrecérselos, aun cuando su coexistencia simultánea sea contradictoria y en verdad imposible, y con su unidad suceda lo mismo que con la del imperio mundial de Alejandro Magno: “Pero al fin cayó enfermo y presintió que iba a morir […]. Entonces sus generales tomaron el poder, cada uno en su propia región, y tras la muerte de Alejandro fueron coronados como reyes […] y así llenaron de calamidades la tierra.”

Lo que Satán trata de hacer con esta última oferta, puede compararse con el intento de Nietzsche, que, después de todo, pretendió presentarse como el “Anticristo” (aunque ciertamente queda ridículamente por detrás de su pretensión). Lo reúne todo, por muy contradictorio que sea, para arrojarlo contra la verdad, para la que él mismo sólo muestra el mismo desprecio irónico que Pilatos. El pensamiento y la voluntad satánicos se desintegran necesariamente en una pluralidad. Los diablos que dominan a los posesos de Gerasa dicen que son legión. Todo lo que parezca poder enfrentarse a la verdad, todo tomándolo junto, todo el panteón, todo eso tiene que servir aquí. La suma de las variedades tiene que reemplazar a lo que falta en cada caso a la posición individual. ¿Qué importa que todo reino tenga un defecto o carencia y que los reinos sean incompatibles e irreconciliables… si a cambio de ello se los posee a todos a la vez?

Aquí interviene aún otro pensamiento. Al fin y al cabo, Jesús debe ser puesto como dominador de todos estos reinos, pero bajo la condición de que honre a Satán y le adore. “Me han sido encomendados estos reinos, y yo los doy a quien quiero.” Satán contrapone la idea del gobierno del Hijo de Dios con la idea del gobierno del hijo del diablo, igual que Nietzsche se contrapone a sí y a su Zarathustra al Hijo del hombre. Igual que el redentor puede decir al final de su estancia terrenal: “se me ha dado todo el poder en el cielo y en la tierra”, así promete también Satán a su hijo lo mismo.

El evangelista Lucas pone la segunda tentación en último lugar, y esto tiene también su sentido, pues la tentación de la revelación del poder milagroso puede equipararse con la tentación de realizar la posibilidad suprema en lo supremo de todos los reinos. ¿Qué se parece más a la justicia sino el poder milagroso que ella demuestra en su soberanía? El intento supremo del mal tiene que ser presentar su idea de reino como la idea verdaderamente justa, es decir, por expresarme así, como Dios; demostrar que su solución, la solución de Satán, es la verdaderamente justa, es decir, que él, Satán, quiere el bien. Dostoievski lo ha mostrado muy bien con la idea diabólica de la solución del Gran Inquisidor. La compilación en una unidad de todas las aspiraciones que se contradicen, la realización del “Allwill”, que Jacobi percibió y desenmascaró, , parece posibilitar esta “justicia” puesta contra Dios. El “hijo de la corrupción” (2 Ts 2, 3) se pondrá contra todo y por encima de todo lo que es llamado Dios o es venerado legítimamente, y se presentará en la casa de Dios como aquel que “es Dios”, pero justamente en aquella falta de unidad y aquella multiplicidad confundidora y contradictoria que es peculiar de lo satánico. “Han aparecido muchos anticristos. Por eso sabemos que es la hora última”, escribe San Juan en su primera carta.

Rechazando las tentaciones satánicas, Jesús ha hecho imposible la confusión diabólica. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia”, es decir, un amor que sea igual a Su amor, dice su mandamiento, y todo lo demás que necesitéis dejádselo a Dios, que os lo dará a su debido tiempo.

El filósofo Immanuel Kant comienza su Fundamentación de la metafísica de las costumbres con las palabras: “No hay en ninguna parte del mundo, es más, tampoco cabe pensar nada fuera de él, que pueda considerarse bueno sin restricción sino únicamente una voluntad buena. Entendimiento, ingenio, juicio, o como quieran llamarse todos los talentos del espíritu, o valentía, resolución, perseverancia en el propósito, como propiedades del temperamento, sin duda que en cierto sentido son buenos y deseables; pero también pueden ser extremadamente malignos y dañinos si la voluntad que debe hacer uso de estos dones naturales, y cuya constitución peculiar por tal motivo se llama carácter, no es buena. Con los dones de fortuna sucede exactamente lo mismo. Poder, riqueza, honor, incluso salud y todo el bienestar y el contento con su estado, bajo el nombre de felicidad, dan ánimo, y a causa de ello, muy a menudo, también causan petulancia, siempre que no haya una voluntad buena que corrija su influjo en el ánimo, y por tanto también sobre todo el principio.” Con estas palabras, Kant sólo está formulando filosóficamente lo que Jesús había dicho y vivido ya en toda su pureza. La ética del mundo antiguo era de principio a fin eudamónica. En el mejor de los casos, se era moral para ser feliz. “Quién de vosotros que tiene un siervo no le dice: sírveme primero y después podrás comer y beber”, dice Jesús en el Evangelio de San Lucas. “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, debéis decir: […] hemos hecho lo que debíamos hacer.”

Nosotros somos hombres, y en cuanto tales, y tanto más tras la caída en pecado, débiles, y sólo con la asistencia de la gracia divina podemos levantarnos poco a poco de la caída. Pero lo que importa es que, según el modelo de Cristo en las tentaciones, cada uno de nosotros busque primariamente, en último término, el Reino de Dios y su justicia, y no todo lo demás, que al fin y al cabo se presenta de todos modos en lugar de aquél. Cuando Jesús dijo a los discípulos: “Vi caer a Satán como un rayo del cielo”, estaba hablando de la victoria que él en su humanidad obtuvo sobre aquél y su aparente justicia. Tras esta separación entre bien y lo aparentemente bueno, aquí en esta tierra ya no hay ninguna posibilidad para Satán de destruir con su justicia la justicia de Dios. Satán, que ha seducido a todo el mundo, fue arrojado con sus ángeles a la tierra, donde todavía reinará de facto durante un tiempo y perseguirá a los que viven desde la verdad, primero y sobre todo a la virgen pura y santa madre de Dios María, de la que sabe que acabará pisándole la cabeza, es decir, sus excogitationes (invenciones), todo lo que él haya ideado para seducir. Qué va a suceder después, sobre eso habla el Apocalipsis.

Volvamos a mirar a las tentaciones desde el punto de vista de la divinidad de Jesús. En ésta impera la claridad eterna que el Padre da al Hijo en su amor. “He salido del Padre y he venido al mundo, pero ahora abandono el mundo y regreso al Padre.” Con esta clara voluntad supratemporal, el Hijo ha consumado su obra: esta voluntad estaba unida a su voluntad humana. El fin de su venida era salvar las almas –y no llevarlas a la perdición–. Pero la salvación consiste en que él vino a cumplir la voluntad del Padre y a enseñar a los hombres a hacer esto. “He venido en nombre de mi Padre”, dice el Señor, pero otro vendrá en su propio nombre. Como precio por el gobierno de todos los reinos del mundo, Satán exigía que el Señor le adorara. El yo propio es el principio supremo de este orgullo. Este absurdo amor propio Jesús lo venció con su obediencia completa y su humildad. Por eso, al entrar en Jerusalén puede exclamar: “Ahora es expulsado el príncipe de este mundo”, pues, como añade el Señor en sus discursos de despedida, aquél no encuentra en Él ningún punto de apoyo: el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado por Su acto de amor.